José M. Romero (Laboratorios Sénor)
(Junio 2004)

Vivimos en una sociedad donde resulta difícil encontrar el término medio de las cosas: o nos pasamos o no llegamos. Cierto es que en la “ciencia” han existido algunas graves contradicciones, formas incorrectas de presentar noticias que no nos ayudan a tener una visión más clara y fiable de su opinión. Por ejemplo, nos dijeron que el aceite de oliva era malo y luego redescubren que es un tesoro para la salud y la gastronomía. Igual sucedió con el colesterol contenido en el huevo, que era malísimo y que ahora no sólo no es malo, sino que dos o tres huevos a la semana aportan colesterol “del bueno” a nuestro organismo.

Podríamos decir lo mismo del vino tinto o la cerveza, los pescados azules o las grasas animales o vegetales que se empiezan a ver como la joya de la corona de nuestra cadena alimenticia, etc. Hasta en el sexo y la masturbación hemos estado condicionados moralmente. Ayer nos decían que eran malos (podías quedarte ciego o tener problemas con el corazón) y pecaminosos, y hoy es imprescindible, aconsejan hacer el amor tres veces (mínimo) por semana si queremos mantener una próstata en perfecto estado.

Ahora nos llega el tiempo de revisar nuestros hábitos de higiene. La noticia, que se ha ido filtrando poco a poco y que algunos ya preveíamos, no deja de ser curiosa y a la vez preocupante. Se trata de los excesos de higiene. Sí, ha leído usted bien: un exceso de higiene puede ser muy perjudicial para la salud. Así lo aseguran científicos de algunos importantes laboratorios y centros de investigación que han seguido desde hace más de veinte años la progresiva evolución de ciertas enfermedades relacionadas con la piel, las alergias y el asma.

Resumiendo, podríamos decir que los excesos de higiene provocan cierto grado de pereza en nuestro sistema inmunológico y esto hace que reconozca como alérgicas sustancias que antes eran inocuas. En un sentido más amplio, es como si la eliminación de ciertas bacterias “débiles” favorecieran la aparición de “superbacterias” mucho más resistentes a nuestras propias defensas inmunológicas.

La verdad, reconozcámoslo, es que hemos pasado del aseo a la asepsia, de la higiene a la desinfección, casi a la esterilización. Hace unos años nos lavábamos con jabón y poco más. Hoy, desde la mínima infancia utilizamos productos con formulaciones antibacteriales.

Los chupetes y biberones no se hierven, se esterilizan con Milton. Se amplían los periodos de baños con “mucha espuma” como en las películas americanas y usamos lavavajillas que no dejan una bacteria viva. Al menos eso dicen los anuncios.

Por otro lado, los antibióticos, que en su día fueron –y son– panacea contra las infecciones, destruyen nuestra flora intestinal y nos obligan a tomar cada día diez millones de L. Casei Immunitas. En el comportamiento de quienes superamos el medio siglo, hemos pasado de lavarnos la cabeza una vez a la semana a ducharnos todos los días. De lavarnos los dientes de cuando en cuando, a lavarnos religiosamente dos o tres veces en 12 horas. Y qué me dicen de aquellos otros metódicos, higiénicos, maniáticos que se duchan dos o tres veces diarias y se lavan las manos treinta veces o de quienes en vez de un bolígrafo en la chaqueta llevan un cepillo de dientes: se toman un café... cepillo de dientes; toman un pequeño bocadillo a las diez... cepillo de dientes;
comen, beben, besan... ¿Besan?

No quisiera frivolizar con el tema. La realidad está aquí. Los excesos de higiene son una realidad. Algo está afectando a nuestro sistema inmunológico ya sea a través de la contaminación ambiental, el cambio de nuestra alimentación o los excesos de higiene. Creo que al conjunto del sector cosmético le corresponde el estudio y la optimización de sus fórmulas dulcificando al máximo los materiales empleados en su propia conservación.
Realizar una campaña de información y concienciación pública, tampoco estaría desacertado.

Para terminar no quiero dejar en el tintero un comentario del doctor Stuart Levy, microbiólogo de la Universidad Tufts, quien expone que “el uso de instrumentos desinfectantes tradicionales, como el jabón y el cepillo, son más que suficientes para el uso cotidiano y sólo se debería recurrir a
productos más fuertes cuando se produzca una situación crítica” y por otro lado añade que “el contacto con bacterias es básico para el desarrollo del sistema inmunológico de los niños, ya que de esta forma pueden generar los anticuerpos necesarios para combatir enfermedades en el futuro”.

No sé por qué, ahora mismo me acuerdo de las veces en que desobedecí a mamá no lavándome las manos, ni los dientes Sin pretenderlo, mi mente piensa en los desgraciaditos niños viviendo sobre cloacas y hábitats plagados de inmundicia, o de esos otros peques miserables que para subsistir rebuscan la basura de las grandes urbes.

Visto lo visto, resulta que aquella falta de higiene ”fortalecía” y fortalece nuestro sistema inmunológico. No deja de ser paradójico y hasta un tanto frívolo: en esa fortaleza un trocito de mi alma se siente consolada.

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