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VOLVIENDO A LA PINTURA Fatal enamorado del inconcluso mundo de las lineas, explorador tenaz y estremecido de todos los volúmenes posibles, también las vigorosas o sutiles presencias del color han ocupado siempre ciertas recónditas parcelas de los íntimos sueños de Gregorio Millas, aunque durante muchos años la pintura cediese su terreno, por lo general tan obsesivo y exigente, a la escultura, única disciplina que puede llegar a ser más poderosa y acaso hasta exclusiva.
La talla directa de las más hermosas y pertinaces piedras no consiguió se-parar a Gregorio (la escultura es dibujo ad infinitum) de la constante práctica del dibujo de línea, con el que alcanzó tiempo atrás un virtuosismo convertido en destreza soslayable, dedicación que ha producido el singular y delicioso conjunto de retratos, generalmente a lápiz (muchas veces plasmados en interiores tan sugerentes como representativos de nuestra inmediata cultural material y doméstica), cuya diversa nómina conforma esa suerte de minuciosa crónica afec-tiva de las admiraciones, amistades, amores, camaraderías, esfúerzos, dolores y esperanzas que jalonan y definen la vida del autor.
No tuvo tanta fortuna la pintura, víctima de frecuente abandono a manos de un oficiante de la expresión artística que, sin embargo, ha mantenido siem-pre su apasionado interés por toda clase de técnicas, procedimientos y medios de representación, postura personal derivada de las inclinaciones y apetencias de un espíritu altamente sensible, independiente y especulativo, fiel al irresisti-ble atractivo de la naturaleza en todas sus manifestaciones y decididamente par-tidario de analizarla, representarla y transmitirla plásticamente a través de la figuración trascendida por las capacidades anímicas y las preferencias senso-riales del artífice.
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Aunque realizase años atrás algunas excelentes pinturas de interior (escuetos y serenos y emocionados retratos, viviendo sobre fondos de absoluta y vitalísima neutralidad; opulentos y lúdicos desnudos, dorados por la transida luz de las más cálidas tardes de verano; entrañables y etéreas escenas juveniles, varadas en la risa frutal de los recuerdos), sólo durante los últimos meses
Y sin embargo, lejos de cualquier simulación, son pinturas enteramente realizadas sobre el terreno, paisajes del natural ejecutados en pleno campo y sin preparación alguna, con la gratificante ayuda o la inesperada resistencia de los elementos (recuperando la ya vieja aventura de los paisajistas decimonóni-cos, que tuvo destacados continuadores durante las primeras décadas de nuestro siglo y después cayó en casi absoluto desuso), de manera que guardan toda la inestimable frescura del trabajo sentido con las manos, y tienen sus mate-rias -el lienzo, los pigmentos, el aceite- impregnadas del olor de la tierra en los amaneceres neblinosos, y se han secado al mismo sol que ocultan detenido a la sombra de chopos y regatos, y han conocido el viento y la llovizna de tardes tormentosas de verano, y la escarcha mordiente de diciembre y la luz aterida y sin tamaño.
Esta hermosa experiencia, que Gregorio disfruta con la inquieta delectación de los enamorados (pintando como siempre ha preferido, es decir, con la ma-teria justa, la pincelada exacta, el gesto controlado, el color vigoroso y emoti-vo, la luz sin desatino, el dibujo olvidado), nos permite compartir dos retornos tan decisivos como esperanzados.
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Por un lado, regresa a la pintura aragonesa, tras muchos años de subterfu-gios y carencias, el paisaiismo realista figurativo (dicho sea sólo para entendemos, aunque nos repugnan calificaciones tan inadecuadas), y lo hace con una muestra muy singular, de extraordinaria calidad y significación, que ojalá suscite la aten-ción y reciba el entusiasmo que merece.
-recordando y extrañando quizá su época de certero paisajista del devenir urbano- se ha producido la recuperación del Gregorio pintor, volcado ahora, con el entusiasmo que distingue cualquiera de sus múltiples y siempre apasio-nadas dedicaciones, sobre la gratificante reconsideración de la pintura en plein air, que viene practicando con excelentes resultados en las riberas del río Duero, alrededor de los límites -sólo administrativos y no geográficos ni culturales- que diferencian las provincias de Soria y Burgos.
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Como sucede con todo genuino panteísta, el total entrañamiento de Gregorio Millas con la serenidad acuosa del machadiano cauce, con la feraz -a veces lujuriante y hasta selvática- vegetación que guarda y vivifica sus orillas, con la luz desatada de unos cielos despiertos sin descanso, con la siempre nerviosa orografia del pacífico entorno, viene dando lugar a unas extraordinarias pintu-ras paisajísticas, repletas de emociones y auténtica pasión por la naturaleza, técnicamente graves pero también jugosas, exactas en las luces que cambian sin descanso, al ritmo matizado de los verdes innúmeros, los azules, los grises apenas atisbados, rotundas cuanto aladas, acuáticas, fragantes, absortas en - el lado más cieno de los sueños, igual que si existieran sólo en algún pasado.
Y por otro, regresa a la pintura, a toda la pintura, un pintor indudable y quizá escasamente valorado, que muchos descubrirán ahora y algunos deseamos que siga regresando, igual que cuantos andan desnortados, porque todo el inmediato y próximo futuro de la pintura contemporánea (según pierden vigencia tanto las aventuras sin pasado como las subsiguientes academias, por más que algu-nos vértigos inciten a vanos optimismos ilusorios) está necesitando, y buscará muy pronto (a través de caminos o de atajos), recuperar su todavía reciente y fecunda memoria, la comunicación primordial con aquellas raíces, hoy sumi-das bajo la plana sombra de las modas, que han de prestarle imprescindible-mente la savia requerida para llevar a cabo, con el más terrenal y vigoroso impulso renovador y aun revolucionario, un nuevo ciclo de su eterno retorno inacabado.
RAFAEL ORDOÑEZ FERNÁNDEZ